Durante gran parte de este periodo, el panorama político y cultural de la región fue dominado por Teotihuacan. Para ese entonces la mayor parte de la población de la Cuenca de México residía en esa gran ciudad, que llegó a contar con unos 125 000 habitantes. Todo parece indicar que, con el fin de ejercer un mayor control político sobre la cuenca, Teotihuacan promovió una población rural raquítica y dispersa, al tiempo que inhibió el desarrollo de los centros administrativos regionales. Lo anterior se constata en los dos centros que seguían en importancia a la urbe: Azcapotzalco, al oeste de la cuenca, sólo contaba con 10 000 habitantes, y Cerro Portezuelo, al este, nunca rebasó las 3 000 almas. Varios especialistas coinciden en afirmar que la ciudad de Teotihuacan mantuvo un control absoluto sobre la totalidad de los asentamientos rurales de la cuenca, convirtiéndolos en simples proveedores de materias primas y productos para su subsistencia.
Poco es lo que sabemos sobre la pléyade de asentamientos de la Cuenca de México que fueron contemporáneos de Teotihuacan. No obstante, esta situación se ha revertido durante las últimas décadas, gracias a excavaciones de salvamento que han llevado a cabo arqueólogos del inah en sitios cubiertos por la marcha urbana de la ciudad de México o en riesgo de destrucción. Por ejemplo, al norte de la cuenca se han explorado ocupaciones correspondientes al Clásico en Ecatepec, Axotlan (Cuautitlan Izcalli) y Emiquia (Tultepec); al occidente del lago de Texcoco, en Azcapotzalco, Polanco, Chapultepec, Molino del Rey, Tacubaya, San Pedro de los Pinos, San Antonio (Mixcoac) y Plaza Bancomer (Coyoacán), y al sur, en Culhuacán, Cerro de la Estrella, San Miguel Xico (Chalco) y San Marcos Huixtoco (Ixtapaluca). Muchos de esos asentamientos rurales muestran semejanzas sorprendentes con la ciudad de Teotihuacan en lo que toca a conjuntos de artefactos utilitarios, estilos arquitectónicos y religión, lo que obedece a su dependencia total de la metrópoli y a una forma de vida bastante similar.
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